Definir el jazz no solo pasa por definir el término que sirve para designarlo, definir el jazz es tomar una posición sobre el género más diverso, innovador y mutante del siglo XX. Porque una cosa es el jazz de Jelly Roll Morton o Bix Beirdebeck y otra el de Coltrane y Miles, y otra más el de Ralph Towner o Anthony Braxton. Entonces no basta decir me gusta el jazz, hay que aclarar cuál es el jazz que nos gusta y por qué.
Por lo menos a mí no todos los sonidos del jazz me interesan, por eso me parece indispensable tomar una posición: ¿de qué o de cuál jazz estoy hablando? Porque desde que King Oliver comenzó a tocar para divertir a los marinos borrachos en los prostíbulos de New Orleans hasta el reciente concierto de Tord Gustavsen Trio en Australia, han pasado muchas notas por los oídos de quienes amamos una de las músicas por la que será recordado el siglo XX.
Y es que el jazz comenzó, como casi todas las músicas, como una forma de celebración del encuentro, fuera este en una fiesta o en un entierro. Un encuentro que surgía en las calles, en los cafés de un puerto multicultural, bajo la influencia francesa y española, donde se mezclaban los blancos norteamericanos con los negros, los caribes, los europeos y los latinoamericanos que cruzaban el mundo. Era una celebración de la libertad, en uno de los pocos lugares donde la misma diversidad lo hacía inmune a las epidemias del racismo y la segregación de ese país.
Durante mucho tiempo el jazz fue música de salones de baile, música de diversión calificada de diabólica por los blancos, que soñaban en secreto por ir a los explosivos bailes de los negros. Se tocaba para calentar los cuerpos, para envenenar de alegría el alma, para celebrar el amor por la vida. Ese jazz que se hacia en los veintes y los treintas y que los blancos del oeste copiaron en el Dixileland. Intenso, divertido, excitante el de los negros; simpático, saltón, casi automático el de los blancos, ese que ahora toca Woodie Allen con sus amigos, el que se oye en las películas animadas de Walt Disney.
En las orquestas para negros, que bebían al escondido en la recesión y bailaban y hacían el amor, había un hombre que siempre se atrevía a ir más allá, que sorprendía con sonidos diferentes en sus largos solos de trompeta o con improvisaciones deshilvanadas sobre las letras de las canciones; que hacía chistes y llevaba la música por caminos nuevos. El hombre que se inventó de verdad el jazz, el de la boca inmensa, la trompeta y el espíritu vibrante: Louis Armstrong.
Armstrong fue sin duda el verdadero inspirador del jazz, el que lo empezó a ver y a hacer como una música maleable, como una conversación entre iguales, como una expresión viva y cambiante según su humor, su público o cualquier otra circunstancia. Por ese camino lo siguieron muchos: Billie Holiday, desde su imperturbable y a la vez rasgada humanidad, Coleman Hawkins y Lester Young, poderosos y poéticos en sus saxofones, Art Tatum en el piano, por sólo mencionar algunos de quienes comenzaron a hacer el jazz vibrante, personal, profundo.
Para ese momento la industrialización había empujado al jazz desde el sur campesino a las ciudades del norte, Chicago, Nueva York, donde crecieron las big bands de Duke Ellington, Count Basie, Tommy Dorsey, Fletcher Henderson, muchas de ellas con músicos brillantes en la trompeta, el saxofón o el piano, que sin embargo tocaban alineados a la mano dura del director, evitando que los danzantes de los ballrooms perdieran el paso. En esas llegó la guerra y el jazz comenzó a cambiar.
El jazz se hace arte
Los solistas se emanciparon y replegaron en las formaciones pequeñas que tocaban en los clubs, les importaba más expresarse que divertir, crear sonidos que mostraran su rebelión o su imaginación, el jazz comenzaba a ser oído más que bailado, volvía a ser un asunto más de outsiders que de blancos adinerados. Aparecieron los boppers. Charlie Parker mostró toda su fuerza y su desesperación. Thelonius dibujó su geometría imaginativa e inmensamente poética. Miles tocó Boplicity, y el jazz ya no volvió a ser el mismo.
Ahí podría decir, con algo de irresponsabilidad, que nació el verdadero jazz, el que más me gusta, la expresión de la modernidad, la innovación, la rebeldía y de la incertidumbre como una forma de creación libre. La música que no se detiene, como los ríos, que siempre crece y dice cosas nuevas, así se aferre a una tradición y un abecedario que todos comparten. El jazz se hacía arte.
A Dizzie Gillespie, Charlie Parker, Thelonius Monk, Miles Davies les dio tránsito el propio Miles, que hizo con Gil Evans The Birth of the Cool y abrió un nuevo camino, más aéreo, más distendido, menos agitado: el cool; Ahmad Jamal, Chet Baker, Gerry Mulligan, el Modern Jazz Quartet…
Músicos que acompañaron a Miles en el cool, como John Coltrane y Bill Evans volverían al jazz agresivo y caliente con el hard bop, y Miles, de nuevo, se inventaría otro jazz al hacer Bitches Brew: el jazz rock. Coltrane, místico y profundo, pero instintivo y animal, forzaría los límites del género hasta desesperar a sus propios músicos para hacer free jazz, expresión que es desde luego una redundancia.
Y bueno, después de la sombra que extendería el rock sobre todas las músicas, en los sesentas, y de la crisis del petróleo que atacaría la industria del disco, aparecieron nuevas generaciones: Keith Jarret, Chick Corea, Herbie Hancock, Path Metheny, Joe Henderson para hacer el jazz contemporáneo, con muchos sobrevivientes y grandes voces nuevas.
El panorama es amplio, inquietante, lleno todavía de sorpresas. El jazz ha sido y sigue siendo la expresión de la libertad, esa conversación cifrada en la tradición que nunca repite palabras, que se transforma con cada músico y cada interpretación, ese sonido que sigue vigente en el siglo XXI, esperando a quienes lo reinventen una vez más, como es su vocación.
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