Su fraseo, su estilo sofisticado y su voz de adolescente son definitivamente de los cincuentas. Me recuerda a Marilyn Monroe, sentada en una banca de iglesia en Nueva York con Truman Capote, intercambiando monosílabos en el entierro de una amiga, o amigo, no recuerdo cuál. De allí Truman salió a escribir uno de sus más afilados y hermosos perfiles, quizá solo superado por el que le hizo al duque en sus dominios, a Marlon Brando.
Su voz sabe a whisky con agua, es pretendidamente ingenua, trivial, pero mueve por debajo un ímpetu callado, poderoso. Sabe a guerra fría y a tv en blanco y negro. Es deliciosa. Me la imagino con un vestido tejido enterizo, ajustado al cuerpo, con la falda más abajo de las rodillas, insinuando unas caderas discretas pero sugestivas.
Úsa gafas, es menuda, delgada. Casi susurra las palabras al micrófono. La veo de medias blancas dobladas sobre los tobillos y zapatos cocacolos, fumándose un cigarrillo y coqueteando con el micrófono mientras canta Teach Me Tonight, o Tea for Two.
Blossom Dearie es el epítome de un estilo seductor del que no se da por enterada y con eso le pone unos cuantos megavatios a su expresión. Blossom canta standards de todas las épocas y en cada interpretación parece establecer la medida canónica para esa pieza.
Once upon a summertime, just like today… Nos hace soñar. Nos recuerda, insisto, a Marilyn, su pelo rubio platinado, sus caderas, sus labios jugosos y húmedos, su mirada evasiva y untuosa.
Ill take Manhattan, to Bronx and Staten Island too… Nos retrata Nueva York con sus letras y su voz, aunque parte de su tiempo haya cantado en Paris o Londres. Sus dedos se mueven sobre las blancas y las negras con sensualidad y cautela, acompañando una impecable dicción.
Blossom no nos apura, la Blossom que hizo dos o tres inolvidables discos con Norman Granz en Verve, en los cincuentas, no nos aterra, nos agrada, nos hace sentirnos cerca, compartiendo un sofá en la penumbra y mirado, juntos, a la ciudad dormida, cuarenta pisos más abajo. Its very clear, our love is here to stay...
El otro día me entrevistaron para un homenaje radial a un muy conocido host del jazz en la radio colombiana. Entre otras cosas me preguntaron los jóvenes y entusiastas realizadores del programa cuál había sido ese disco o discos que me habían seducido para el jazz. En ese momento sólo atiné a decir que recordaba haber oído casi a diario, en la adolescencia, un disco llamado Un saxofón distinto que uno de ellos acotó como de Fausto Papetti. Tenía una rubia sugestiva sentada en un gran sofá en la carátula y su música era sensual, proyectaba atmósferas mundanas y contemporáneas, era muy diestro el instrumentista aunque seguro ahora lo oiría con cierto recelo.
Ese disco me ayudó a prepararme (aunque no fuera jazz jazz), como de seguro lo hizo también la televisión de los sesentas, muchas de cuyas series en blanco y negro fueron musicalizadas por conocidos jazzmen. También estuvieron los discos de Bossa Nova que había en mi casa paterna.
Pero la pregunta me quedó rondando… Cuáles fueron esos discos que me movieron hacia el jazz. Es muy difícil decirlo, pero encontré dos, casualmente de dúos, que oí en medio del fragor rockero de finales de los setentas, pero que seguramente dejaron una señal que después decidí seguir.
Uno fue el de los Duetos que hicieron Dave Brubeck y Paul Desmond en 1975 y el otro el que grabaron Astor Piazzolla y Gerry Mulligan un año antes en Europa: Summit. Ambos me sorprendieron y me calaron muy hondo.
Para cuando oí el de Desmond-Brubeck, la pareja ya era bastante conocida por su archifamoso Take five (el que, ahora que lo menciono, veo que no deja de ser un antecedente también). Recuerdo que duré mucho tiempo pensando que Desmond era Brubeck; porque se mencionaba a Brubeck como el líder del grupo y bueno, yo veía a ese talentoso saxofonista acompañado por un pianista. Resultó ser al revés, Brubeck era el del piano y Desmond el del saxo, éste de mucho mayor estatura musical, por supuesto.
Y lo demuestra en este disco de Duetos, que el propio Desmond menciona como su favorito entre los que grabó con Brubeck. No se equivocó quien proyectó la tapa del disco: el detalle de una copa de vino tinto. Es un disco de alta calidad, sofisticado, profundo, melódico pero sencillo, amable. Una reflexión fresca en la que Paul Desmond muestra todo su gran talento, su sonido único e inspirado, lírico sin empalagar.
Creo que lo pude oír solo un par de veces por allá en el 78, en la tornamesa Garrard conectada a unos soberbios bafles Tandberg suspendidos en aire de mi tío médico. El disco se lo había prestado a mi primo un amigo músico que lo había traído de Nueva York. No lo volví a oír en muchos años, pero lo recordaba con persistencia. Era uno de esos albums que uno siempre desea tener, la quintaesencia del cool. Solo sabía que era de Desmond y Brubeck y recordaba el vino tinto en primer plano a través del cristal de la copa. Lo busqué por años en una ciudad en la que había con pocas posibilidades para el jazz, hasta que apareció en una edición especial, lo compré y lo oigo a menudo. Sigo sorprendiéndome por su intimismo evocador y sensible, por el gran despliegue de talento de Desmond y por la atinada labor de acompañamiento de Brubeck.
En esos mismos bafles Tandberg suspendidos en aire, magníficos, y por la misma época oí el otro disco: Summit. Creo que fue la primera vez que escuché a Piazzolla, aunque ya sabía quién era él. Ese disco fue todo un descubrimiento. Es un encuentro de dos mundos, dos gigantes que dialogan desde dos orillas culturales diferentes pero con un mismo aliento; la música es un idioma universal y Astor lo sabía. Es un gran disco de jazz, desgarrado, melancólico pero sensual, estremecedor, intenso. Los dos músicos dejan algo de sus individualidades para encontrarse en un espacio denso, agresivo, ondulante, que avanza imponente hacia el climax.
A pesar de su evidente hondura y calidad, es conocido que Astor hizo de su grabación casi un infierno, se peleó con Mulligan todo el tiempo haciendo gala de su conocido mal genio. En cambio el saxofonista, emblemático también del cool, lloró cuando oyó la cinta, le fascinó, como a todos luego. La cosa sin embargo no se quedó así, al poco tiempo ambos músicos se reencontraron y se hicieron grandes amigos, tocando varias veces juntos en Europa.
En fin, el amor por la música se hace de encuentros sorpresivos, de recuerdos cálidos, de deslumbramientos que no cesan. Estos dos fueron de los más importantes para mi iniciación en el jazz.
No puedo evitar, cuando oigo a Trane soplar su saxofón, sentir que tras de la lengüeta respira un animal, en el mejor de los sentidos. El sonido de Coltrane es limpio, profundo, vital, directo, el más lírico o el más agresivo. Lo toca, qué digo, lo orada a uno. Lo conecta con lo esencial, con lo mítico, aquello que uno siente está en algún lugar cerca del centro de la tierra.
Desde el mismo día que comenzó en una banda comunitaria de High Point, a los 12 años, Trane no dejó de tocar a diario, con insistencia y con pasión su instrumento, comenzó con el clarinete, pero pronto se cambió al que lo acompañaría toda su vida, el saxofón. Todos los días, como una obsesión, como una religión, ensayó, soñó, tocó, investigó, compuso, hasta llevar el jazz bien lejos de sus fronteras, a dimensiones estelares que solo él comprendía.
Comencé a percibir lo grande que era Trane cuando recibí de regalo el CD de My Favorite Things, (Atlantic, 1960) en el que Trane se estrena con su propio cuarteto y su saxo soprano y produce un disco memorable, con una versión muy personal del tema de la Novicia Rebelde, llevándola de canción almibarada a ser uno de los grandes standards del jazz.
Después encontré el que debe ser su primer disco con Thelonius Monk, grabado en esos seis meses en que colaboraron juntos entre sus dos etapas con Miles, en 1957. Me fascinó la forma en que tocó Ruby, My Dear, su lirismo, su calidez, su profundidad, y empecé a seguirlo. Después fue Kind of Blue lo que cayó en mis manos… Miles fue lo mejor que le pudo pasar a Coltrane y Coltrane lo mejor que le pudo pasar a Miles y al jazz en ese momento. Philly Joe Jones se lo había sugerido a Miles en el 54, lo conocía de Filadelfia y pese a su poca experiencia, Miles no dudó en contratarlo. Habían hecho ya varios discos, tocaron números memorables, pero Kind of Blue fue la gran consagración para ambos. Allí Coltrane mostró toda su intuición, su capacidad para plantear profundas reflexiones sonoras, para hacer poesía, con su propio sonido.
Paralelamente comenzó a grabar sus propios discos: Blue train (1957), Giant steps (1959), el mismo My Favorite Things (1960), primero con Atlantic, Prestige y luego con Impulse, su emblemático sello discográfico. En Impulse hizo un curioso trato con el productor Bob Thiele: grabaría tres discos de un jazz más “comercial” y el sello lo dejaría trabajar libremente en sus proyectos más experimentales. Así nació el siguiente disco que cayo en mis manos, Ballads, que, a riesgo de parecer demasiado cursi, me fascinó y me sigue encantando cuando lo oigo. Su lirismo, su conocimiento de ese subgénero de la balada, su intención de conmover, su ya mencionada profundidad lo hacen un disco invaluable.
Ese tríptico lo completó con el que hizo a duo con Duke Ellington al piano (una joya My Little Old Brown Book) y el que hizo con el cantante Johnny Hartmann, en el que pone en escena los más entrañables standards románticos del jazz. Me fascinan esos tres discos, los considero de lo mejor de Coltrane, y me sorprendí y hasta me turbé cuando supe que los había grabado como una forma de comprar su libertad, que prefería el free; sigo resistiéndome a creer que no los hubiera tocado acudiendo a lo más profundo de sus fibras, siento que los hizo con amor, como todo lo que hacía. Allí puso toda su admiración y conocimiento de Lester Young, a quien calificó como su primera influencia real.
Pero Trane tenía otras perspectivas, otras ambiciones. Tenía una visión profunda de la música y un horizonte mucho más distante del que se pudiera pensar. Coltrane no se acomodaba fácilmente, siempre estaba buscando acordes, expresiones, posibilidades, sin descanso. A finales de 1964 se encerró con sus compañeros de cuarteto (Mc Coy Tiner, Elvin Jones y Jimmy Garrison) en el estudio que el ingeniero Ruddy Van Gelder había construido en su casa. Usando la misma estrategia con la que se grabó Kind of Blue (dos o tres indicaciones a los músicos y casi literalmente “yo comienzo y ustedes me siguen”) Coltrane produjo el que sería el segundo disco más importante de la historia del jazz: A Love Supreme, (Impulse). Lo grabaron en dos días.
Oyéndolo sentí directamente ese impulso animal, básico, desnudo, profundo en la música de Coltrane. A Love Supreme es una oración de agradecimiento (Coltrane era cada vez más místico) y a la vez uno de los primeros mojones de lo que sería su etapa de free jazz. La fanfarria con que comienza me sitúa en la propia África, en un rito religioso, y poco a poco nos lleva en un viaje apasionante, hipnótico, por una sólida y original propuesta musical.
Con ese disco comenzaría el viaje a lo desconocido: Om, Stellar Regions, Sun Ship, Kulu Se Mamá. Coltrane emprendió un viaje en busca de su ser musical, un viaje en el que dejó atrás al propio jazz, a sus músicos, que lo fueron abandonando al no resistir la dureza de su música; solos de 45 minutos de extensos y duros acordes, verdaderas gestas sonoras que también ahuyentaron a sus fieles seguidores.
Y todo sin cumplir los cuarenta años. Cuando los cumplió un cáncer se lo llevó de esta tierra. Pero ya había comulgado con ella, con sus raíces, con lo más profundo de lo humano, con la música, dejándonos una herencia difícilmente superable, su jazz.