Fue toda una sorpresa: el Grammy por Disco del Año para el jazz. Hacía diez años no lo ganaba un disco de éste género, y en esa oportunidad el disco también fue de Hancock: Gershwin´s world, hermoso.
El disco de 2007, River the Joni letters (Verve), no ganó uno sino dos grammys, el segundo como Mejor álbum contemporáneo de jazz.
Y no digo sorpresa porque no mereciera el premio mayor, sino porque uno espera que el Grammy, esa gigantesca operación de marketing y relaciones públicas solo comparable con el Oscar, se lo gane un disco de rock, de pop o de hip hop, que venden mucho más. Pero ahí estaba en los titulares, el mismísimo Herbie Hancock como ganador de la principal de cientos de categorías y otra más. Con estos dos premios completaba 12 gramófonos de oro.
Y se los ganó no con cualquier disco. Un disco que parece difícil para una audiencia masiva; reflexivo, introspectivo, sutil, muy avant garde. Hancock, niño genio del piano que tocó a los 11 años con la Sinfónica de Chicago y se hizo conocido en el rithm and blues, entró en las grandes ligas del jazz de la mano de Miles Davis, que lo llamó a hacer parte de su segundo quinteto, con el que se crearía un nuevo hito en el género: el jazz rock. Allí tocó con Joe Zawinul y Wayne Shorter, que venían de Weather Report, con Chick Corea, que venía de Return to Forever, con Tony Williams y John Mc Laughlin de Lifetime. Hicieron grandes discos: Sorcerer, Nefertiti, In a silent way por mencionar solo algunos.
Luego de cinco años con Miles, Hancock ha probado de todo: puro funk, música electrónica, fusión, hard bop, hasta hizo un cd de rock en 2005. Creó discos memorables, como Maiden Voyage (1965) Headhunters (1973), Mr Hands (1980) y el exquisito Speak Like a Child (1965); también compuso la música del emblemático film de Antonioni Blow up. Pero este del 2007, su sentido y podría decir que reverencial homenaje a Joni Mitchell, la emblemática cantante de folk rock, es un disco de jazz, un gran disco de jazz.
Para empezar repite con Wayne Shorter en los saxos soprano y tenor, con quien ha realizado trabajos maravillosos como el disco a dúo 1 + 1 (Polygram, 1997), y tiene a Dave Holland en el bajo, dos grandes maestros a los que se suman Lionel Loueke en la guitarra y Vinnie Colaiuta en la bateria. Pero además invita a un conjunto de cantantes a las que logra darles un cierto mood particular: contenido, profundo, intenso. Está Norah Jones en un tema en el que la verdad no logra descollar, pero que Hancock y Shorter hacen grande.
Está Tina Turner muy sugestiva en una interpretación lejana de sus acostumbrados ímpetus. La propia Joni Mitchel canta en The thea leaf prophecy, aventurera, evocadora, mucho más allá de su etiqueta folk. No es la primera vez que ella se aventura en el jazz, pues desde 1970 grabó y salió de tour con monstruos como Pat Metheny, Jaco Pastorius, Lyle Mays, Don Alias y Michael Brecker, con los que grabaría Shadows and Light. También están en el disco Corinne Bailey Rae y Luciana Souza, la primera mostrando su índole pop pero atractiva, y la segunda enigmática, embrujadora, interesante. Y la ruptura la crea Leonard Cohen, áspero, fiero, terrible en su recitativo.
El disco incluye también interesantes temas instrumentales: Both sides now y Sweet bird, de Joni Mitchel, Nefertiti, de Shorter, y Solitude de Ellington, Mills, De Lange, estos dos últimos porque la homenajeada los considera como importantes influencias en su música. Todos son hermosas y tensas proyecciones de un delicado estado contemplativo, poético.
Es un disco que hay que oír varias veces para lograr descifrarlo, llegar a su llamado, como toca con todas las propuestas innovadoras.
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