sábado, 13 de junio de 2009
Amy, por favor, canta másss jazzzzz para nosssotros
Amy Winehouse, quiero que lo sepas, sepas, y quiero que lo sepa re tu productor: no puedes morirte, irte no puedes quit arte la vida o dejar que se vaya sin haberse ido ado que hagas un disco de jazz para nosotros, que hagas un disco de jazz para nosotros. Tú, que eres lo más importante que le ha ocurrido y do a la música popular no pop desde Billie Holiday.
Tu eres el signo de los tiempos, lo único real luego de las guarras guerras (en Irak o en El Caguán) y la caída estrepitosa de las torres del hip Imperio. Tu eres la lux uria, la furia de la voz vociferante, tu despiertas capaz de despertar los más eróticos, los más reales, los más transgresores sueños, llenos de cerveza, de crack, de calle mal oliente.
Tú eres en lo que pienso ando cuando tengo frío y el bus aaah aún no pasa, cuando quiero orinar húmedo miedo y el baño está lejos. Tú eres mi compañía cuando el andén está vacío y también cuando está lleno, cuando tengo hambre total, nasal arrasadora, pro pro protéica pro funda.
Canta más jazz para tus pre sienten tu jazz en las entrañas, para más, extrañas.
Cassandra Wilson se atreve a equivocarse
Cassandra canta con inspiración felina. Mueve su osamenta musical con la sensualidad y el ritmo de los grandes gatos, por sobre notas de cadencia extremada, profunda. Cassandra no se deja apurar, va lenta y segura tras su presa, que con sólo oírla entra en un estado de encantamiento lujurioso.
No recuerdo cómo llegó a mis manos Rendezvous, el álbum que hizo con Jacky Terrasson, creo que lo pesqué en Amazon por alguna razón, pero fue mi puerta de entrada a una voz que me sorprendió por su originalidad, su calidad, su cantidad de matices y movimientos, su motivación existencial, su swing muy personal: la de Cassandra Wilson.
Su fraseo sensual, su tempo suspendido y absolutamente personal, su profundidad y ese sentido animal que sólo se encuentra en los jazzistas de pura raza como ella, me han conmovido profundamente. Cassandra Wilson ha construido una estética muy propia que la hace sino la diva, que no lo es, la cantante de jazz más importante de los últimos años.
Y como todas las grandes del jazz, Cassandra no es sólo voz, también se rodea de un sonido muy propio, casi abstracto, cubista, en el que se aprovechan muy imaginativamente las cuerdas del bajista Lonnie Plaxico.
A veces sensual, a veces oscura, como en New Moon Daughter, el siguiente disco que oí de ella, ha grabado varias obras destacadas; por ejemplo Blue Skies, quizá su primer disco de jazz, con standards inolvidables, como Polka Dots and Moonbeams o Sweet Lorraine. Menos interesante pero de todas maneras valioso Traveling Miles, su tributo a Davis de 1999.
Cassandra, hija de un contrabajista de jazz y estilísticamente entre Joni Mitchell y Betty Carter, graba exclusivamente con Blue Note desde 1993 (la meca del jazz, ahora perteneciente a EMI), con quienes ha editado ocho discos, incluido el último, Loverly, de 2008, con el que ganó su segundo Grammy.
Sin embargo, al oír este último disco y otros como Beli of the sun me di cuenta de su algo errática discografía –así la califica allmusic.com. Cassandra tiene un amplio rango de intereses musicales, ha hecho pop, hip hop, country, rock, blues, y su música es calificada de fusión, aunque no lo sea.
Esa es una postura muy jazzística, muy libre y muy dada a la innovación y la experimentación, pero la verdad es que lo que hace por fuera del jazz no me gusta, ni le gusta a muchos. Es precisamente el caso de Loverly, un álbum disparejo y como sin sentido claro, que de todas maneras le hizo ganar un Grammy en 2009, premio que se merecía más por otros discos; no en vano se lo dieron con New Moon Daughter, ese sí bien merecido.
Si, la verdad verdad es que tiene buenos discos y malos discos, pero los buenos son de verdad excepcionales.
Sentí envidia cuando supe que Cassandra estuvo cantando el pasado mayo en el teatro Rex de Buenos Aires. ¿Cuándo vendrá a Bogotá?
No recuerdo cómo llegó a mis manos Rendezvous, el álbum que hizo con Jacky Terrasson, creo que lo pesqué en Amazon por alguna razón, pero fue mi puerta de entrada a una voz que me sorprendió por su originalidad, su calidad, su cantidad de matices y movimientos, su motivación existencial, su swing muy personal: la de Cassandra Wilson.
Su fraseo sensual, su tempo suspendido y absolutamente personal, su profundidad y ese sentido animal que sólo se encuentra en los jazzistas de pura raza como ella, me han conmovido profundamente. Cassandra Wilson ha construido una estética muy propia que la hace sino la diva, que no lo es, la cantante de jazz más importante de los últimos años.
Y como todas las grandes del jazz, Cassandra no es sólo voz, también se rodea de un sonido muy propio, casi abstracto, cubista, en el que se aprovechan muy imaginativamente las cuerdas del bajista Lonnie Plaxico.
A veces sensual, a veces oscura, como en New Moon Daughter, el siguiente disco que oí de ella, ha grabado varias obras destacadas; por ejemplo Blue Skies, quizá su primer disco de jazz, con standards inolvidables, como Polka Dots and Moonbeams o Sweet Lorraine. Menos interesante pero de todas maneras valioso Traveling Miles, su tributo a Davis de 1999.
Cassandra, hija de un contrabajista de jazz y estilísticamente entre Joni Mitchell y Betty Carter, graba exclusivamente con Blue Note desde 1993 (la meca del jazz, ahora perteneciente a EMI), con quienes ha editado ocho discos, incluido el último, Loverly, de 2008, con el que ganó su segundo Grammy.
Sin embargo, al oír este último disco y otros como Beli of the sun me di cuenta de su algo errática discografía –así la califica allmusic.com. Cassandra tiene un amplio rango de intereses musicales, ha hecho pop, hip hop, country, rock, blues, y su música es calificada de fusión, aunque no lo sea.
Esa es una postura muy jazzística, muy libre y muy dada a la innovación y la experimentación, pero la verdad es que lo que hace por fuera del jazz no me gusta, ni le gusta a muchos. Es precisamente el caso de Loverly, un álbum disparejo y como sin sentido claro, que de todas maneras le hizo ganar un Grammy en 2009, premio que se merecía más por otros discos; no en vano se lo dieron con New Moon Daughter, ese sí bien merecido.
Si, la verdad verdad es que tiene buenos discos y malos discos, pero los buenos son de verdad excepcionales.
Sentí envidia cuando supe que Cassandra estuvo cantando el pasado mayo en el teatro Rex de Buenos Aires. ¿Cuándo vendrá a Bogotá?
sábado, 22 de noviembre de 2008
Blossom Dearie

Su fraseo, su estilo sofisticado y su voz de adolescente son definitivamente de los cincuentas. Me recuerda a Marilyn Monroe, sentada en una banca de iglesia en Nueva York con Truman Capote, intercambiando monosílabos en el entierro de una amiga, o amigo, no recuerdo cuál. De allí Truman salió a escribir uno de sus más afilados y hermosos perfiles, quizá solo superado por el que le hizo al duque en sus dominios, a Marlon Brando.
Su voz sabe a whisky con agua, es pretendidamente ingenua, trivial, pero mueve por debajo un ímpetu callado, poderoso. Sabe a guerra fría y a tv en blanco y negro. Es deliciosa. Me la imagino con un vestido tejido enterizo, ajustado al cuerpo, con la falda más abajo de las rodillas, insinuando unas caderas discretas pero sugestivas.
Úsa gafas, es menuda, delgada. Casi susurra las palabras al micrófono. La veo de medias blancas dobladas sobre los tobillos y zapatos cocacolos, fumándose un cigarrillo y coqueteando con el micrófono mientras canta Teach Me Tonight, o Tea for Two.
Blossom Dearie es el epítome de un estilo seductor del que no se da por enterada y con eso le pone unos cuantos megavatios a su expresión. Blossom canta standards de todas las épocas y en cada interpretación parece establecer la medida canónica para esa pieza.
Once upon a summertime, just like today… Nos hace soñar. Nos recuerda, insisto, a Marilyn, su pelo rubio platinado, sus caderas, sus labios jugosos y húmedos, su mirada evasiva y untuosa.
Ill take Manhattan, to Bronx and Staten Island too… Nos retrata Nueva York con sus letras y su voz, aunque parte de su tiempo haya cantado en Paris o Londres. Sus dedos se mueven sobre las blancas y las negras con sensualidad y cautela, acompañando una impecable dicción.
Blossom no nos apura, la Blossom que hizo dos o tres inolvidables discos con Norman Granz en Verve, en los cincuentas, no nos aterra, nos agrada, nos hace sentirnos cerca, compartiendo un sofá en la penumbra y mirado, juntos, a la ciudad dormida, cuarenta pisos más abajo. Its very clear, our love is here to stay...
sábado, 15 de noviembre de 2008
Dos dúos inspiradores: Brubeck-Desmond, Piazzolla-Mulligan

El otro día me entrevistaron para un homenaje radial a un muy conocido host del jazz en la radio colombiana. Entre otras cosas me preguntaron los jóvenes y entusiastas realizadores del programa cuál había sido ese disco o discos que me habían seducido para el jazz. En ese momento sólo atiné a decir que recordaba haber oído casi a diario, en la adolescencia, un disco llamado Un saxofón distinto que uno de ellos acotó como de Fausto Papetti. Tenía una rubia sugestiva sentada en un gran sofá en la carátula y su música era sensual, proyectaba atmósferas mundanas y contemporáneas, era muy diestro el instrumentista aunque seguro ahora lo oiría con cierto recelo.
Ese disco me ayudó a prepararme (aunque no fuera jazz jazz), como de seguro lo hizo también la televisión de los sesentas, muchas de cuyas series en blanco y negro fueron musicalizadas por conocidos jazzmen. También estuvieron los discos de Bossa Nova que había en mi casa paterna.
Pero la pregunta me quedó rondando… Cuáles fueron esos discos que me movieron hacia el jazz. Es muy difícil decirlo, pero encontré dos, casualmente de dúos, que oí en medio del fragor rockero de finales de los setentas, pero que seguramente dejaron una señal que después decidí seguir.
Uno fue el de los Duetos que hicieron Dave Brubeck y Paul Desmond en 1975 y el otro el que grabaron Astor Piazzolla y Gerry Mulligan un año antes en Europa: Summit. Ambos me sorprendieron y me calaron muy hondo.
Para cuando oí el de Desmond-Brubeck, la pareja ya era bastante conocida por su archifamoso Take five (el que, ahora que lo menciono, veo que no deja de ser un antecedente también). Recuerdo que duré mucho tiempo pensando que Desmond era Brubeck; porque se mencionaba a Brubeck como el líder del grupo y bueno, yo veía a ese talentoso saxofonista acompañado por un pianista. Resultó ser al revés, Brubeck era el del piano y Desmond el del saxo, éste de mucho mayor estatura musical, por supuesto.
Y lo demuestra en este disco de Duetos, que el propio Desmond menciona como su favorito entre los que grabó con Brubeck. No se equivocó quien proyectó la tapa del disco: el detalle de una copa de vino tinto. Es un disco de alta calidad, sofisticado, profundo, melódico pero sencillo, amable. Una reflexión fresca en la que Paul Desmond muestra todo su gran talento, su sonido único e inspirado, lírico sin empalagar.
Creo que lo pude oír solo un par de veces por allá en el 78, en la tornamesa Garrard conectada a unos soberbios bafles Tandberg suspendidos en aire de mi tío médico. El disco se lo había prestado a mi primo un amigo músico que lo había traído de Nueva York. No lo volví a oír en muchos años, pero lo recordaba con persistencia. Era uno de esos albums que uno siempre desea tener, la quintaesencia del cool. Solo sabía que era de Desmond y Brubeck y recordaba el vino tinto en primer plano a través del cristal de la copa. Lo busqué por años en una ciudad en la que había con pocas posibilidades para el jazz, hasta que apareció en una edición especial, lo compré y lo oigo a menudo. Sigo sorprendiéndome por su intimismo evocador y sensible, por el gran despliegue de talento de Desmond y por la atinada labor de acompañamiento de Brubeck.

En esos mismos bafles Tandberg suspendidos en aire, magníficos, y por la misma época oí el otro disco: Summit. Creo que fue la primera vez que escuché a Piazzolla, aunque ya sabía quién era él. Ese disco fue todo un descubrimiento. Es un encuentro de dos mundos, dos gigantes que dialogan desde dos orillas culturales diferentes pero con un mismo aliento; la música es un idioma universal y Astor lo sabía. Es un gran disco de jazz, desgarrado, melancólico pero sensual, estremecedor, intenso. Los dos músicos dejan algo de sus individualidades para encontrarse en un espacio denso, agresivo, ondulante, que avanza imponente hacia el climax.
A pesar de su evidente hondura y calidad, es conocido que Astor hizo de su grabación casi un infierno, se peleó con Mulligan todo el tiempo haciendo gala de su conocido mal genio. En cambio el saxofonista, emblemático también del cool, lloró cuando oyó la cinta, le fascinó, como a todos luego. La cosa sin embargo no se quedó así, al poco tiempo ambos músicos se reencontraron y se hicieron grandes amigos, tocando varias veces juntos en Europa.
En fin, el amor por la música se hace de encuentros sorpresivos, de recuerdos cálidos, de deslumbramientos que no cesan. Estos dos fueron de los más importantes para mi iniciación en el jazz.
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