sábado, 20 de septiembre de 2008

Jacques Loussiere, en Bogotá

No lo podía creer cuando vi por primera vez el cartel del Festival Internacional de Jazz de 2008 en Bogotá, venía Jacques Loussiere a hacer el concierto de cierre. Desde hace unos tres o cuatro años, cuando lo oí por primera vez tocando sus versiones de la música de Bach me había llamado mucho la atención. Varios músicos de jazz se habían lanzado a desentrañar al alemán para interpretarlo en clave de jazz pero nadie había logrado los resultados de Loussiere.



Mi admiración creció cuando encontré en Amazon un disco suyo con versiones de las gimnopedias de Erick Satie, a quien tanto aprecio. Lo compré y encontré un sonido de gran exquisitez, sofisticación y originalidad, que sin embargo respetaba la obra de su compatriota; una música inspirada, liviana pero profunda, elegante, evocadora; una obra de gran calidad en la que el pianista muestra su profundo conocimiento de la música y su capacidad para entender a los clásicos y proponer sobre su música geniales variaciones jazzísticas.


Lo siguiente que conseguí de él fue su trabajo con las Variaciones Goldberg, esa obra maestra de la música. Ahí comprendí su gran dimensión al proponer todo un tratamiento en el que no perdían su belleza y su carácter pero ganaban mucho de modernidad y de informalidad inspiradora.

Ese profundo y muy personal concepto del jazz de Loussiere lo acabé de evidenciar en su disco de piano solo en el que interpreta, o mejor, deconstruye y reinventa un poco -es lo que hace siempre-, los nocturnos de Chopin. Una maravilla de sofisticación pero a la vez de sencillez y creatividad.

Loussiere demuestra en su obra que no solo conoce profundamente a los clásicos, sino que es un formado y convencido músico de jazz, que conoce ambos idiomas y los habla con inspiración y propiedad, haciéndolo uno de los jazzistas más originales. Si los norteamericanos tomaron su tradición de música popular para hacer con ella jazz, Loussiere optó por el importante legado europeo de la música clásica para hacer sus propias propuestas, en un tour de force que implica muchísima cultura y formación musical.

Y es que Loussiere empezó por el Conservatorio Nacional de Música de Paris,luego de que, a los diez años mostrará su precoz e inmenso talento. Luego viajó por todo el mundo conociendo músicas diversas, curiosamente pasó todo un año en Cuba. En 1958, Decca publica Play Bach y su fama se dispara a todo el mundo, llevándolo a vender seis millones de copias de lo que ya es casi una saga: Play Bach va por su quinta edición. Pero además ha grabado versiones de la música de Debussy, Handel, Vivaldi, Mozart y composiciones propias, así como ha hecho música para el cine y la televisión.

Pues bien, se llegó la hora y ahí estábamos en la sala León de Greiff de la Universidad Nacional, en Bogotá, esperando a que apareciera Jacques Loussiere y nos contara de qué estaba hecho. Sabía que a estas alturas tenía 74 años, pero me sorprendió encontrarlo de mucha más edad de lo que lo había visto en algún concierto en la televisión. Saludó amablemente y se sentó frente al piano, extendió sus manos sobre el teclado y esperó, inmóvil, buscando el momento.

De pronto se hizo la música, rotunda, perfectamente ensamblada, caudalosa. Piano, contrabajo y batería navegaban juntos, briosos, seguros. Era el Preludio No. 1 del Clave Bien Temperado de Bach. Me sorprendió la perfecta sincronía del trío, la seguridad y virtuosismo con que tocaban, el raudal musical que creaban. En la primera parte todo fue Bach, toco el Quinto concierto brandenburgués, en el que el magnífico contrabajista Benoit Dunoyer de Segonzac hizo un extenso y maravilloso solo y en el que el baterista André Arpino mostró ya su inmensa calidad, su vocación de orfebre en los platillos, su exquisita seguridad y por supuesto su trayectoria con el maestro Loussiere. Tocaron también el Aire en la cuerda de sol de manera exquisita.

Definitivamente creo que el trío es la formación perfecta para hacer jazz, porque, cuando los músicos son igualmente buenos, creativos, experimentados, no encuentra uno un solista con dos acompañantes sino tres solistas que dialogan entre sí, que se acompañan y se respaldan pero que cada uno tiene su propia voz y su propia postura ante lo que están tocando. Y ese es el caso del trio de Loussiere; Arpino sobre todo, con quien toca hace años y Segonzac por supuesto, no desmerecieron para nada al lado de Loussiere, ambos siempre seguros, preciosista y recursivo Árpino, sensible y creativo De Segonzac.

Luego de una hora de Bach, el trio se paró para el intermedio y el teatro casi se cae, pues los oyentes creyeron que se acababa el concierto y querían obligarlos con sus aplausos a seguir tocando. Pronto volvieron para la segunda parte en la que tocaron el Verano, de las Cuatro Estaciones de Vivaldi, una de las gimnopedias de Satie, que recuerde, y su versión del Bolero de Ravel. Todos los números anunciados en español por Loussiere, que hizo gala de una cordial simpatía, y que cuando caminaba al lado del piano, enjuto y encorvado, no parecía tener toda la energía que desplegada en el instrumento.

El público, como siempre en Bogotá, estuvo torrencial en sus aplausos, emotivo, se paró a aplaudirlo hasta lograr un bis y dos salidas del maestro. Realmente recibimos mucho más de lo que esperábamos, en el que sin duda ha sido uno de los mejores conciertos de toda la historia del festival de jazz bogotano. Chapeau, maestro.

Jazz y sol sobre la hierba

Parecía más bien un concierto de rock. A mi alrededor, sentados o acostados sobre el pasto se veían solo caras jóvenes, sonrientes, despreocupadas, con peinados y fachas estrafalarias, uno que otro papá con su hijo sobre los hombros buscando un claro, una que otra pareja madura de bluyines y camiseta, grupos aquí y allá tomando vino o fumándose un porro en esa explanada visitada también por el sol de domingo bogotano, todos relajados, dejándose llevar del aire frío pero transparente del tranquilo lugar. Pero no era rock, era jazz, la tarde final de Jazz al parque, el pasado domingo 14, como todos los septiembres en Bogotá.

Llegué cuando ya habían pasado un par de grupos, sobre todo me apenó no haber oído a la excelente María Elvira Escandón que hace jazz y boleros. Al momento anunciaron a un ensamble con nombre complicado: Colectivo Zaperoco Magenta; por el programa me enteré que era el resultado de la fusión de dos grupos que, parece, no quisieron abandonar sus nombres individuales, liderada por el ya conocido pianista William Maestre. Hicieron jazz contemporáneo de fusión, bien ensamblado, con sobresalientes intervenciones de César Medina y Juan Benavides en los saxofones y de Edilberto Lievano en el trombón. Maestre bien en el piano pero a veces como falto de fuerza para liderar todo ese sonido. Buena música, pero no propusieron nada que no se hubiera oído ya desde los años ochenta. Yo estaba pendiente de los jóvenes a mi alrededor, no los sedujo, los veía conversando con música de fondo.

Después vino Puerto Candelaria, un grupo que ya tiene tres discos en su haber y una impresionante lista de conciertos y eventos en los que han participado alrededor del mundo. Y eso se les nota en el escenario. Su sonido y su estética son profundamente populares, nacionales, pero no por eso menos innovadores y de vanguardia. Puerto Candelaria seduce a su público, lo divierte, tiene una propuesta escénica, pero además hace una música original, enraizada en las músicas populares colombianas –su bajista y voz principal hablaba de chucu-chucu underground- pero proyectada a una visión contemporánea, que hace presentir cosas de gran nivel en el futuro. Hasta el lenguaje corporal y las expresiones que usan para comunicarse con el público son delirantemente populares. Todo ello hace de la experiencia de verlos y oírlos algo divertido, calido y sorprendente.

El sol de las cinco de la tarde salió definitivamente de detrás de las nubes y la vocación de diversidad de la tarde se selló con la aparición del grupo de Gianni Bardaro, un italiano que se formó musicalmente en Dinamarca. Por eso su quinteto está formado por dos daneses y dos noruegos, él en el saxofón; hicieron un jazz muy europeo, también muy contemporáneo y de muy buen nivel. Bueno Bardaro en el saxofón y muy bueno su pianista, Nichlas Hatholt. Una propuesta muy bien cuajada, madura e innovadora, excepto el primer standard con que se inició su participación todo el material fue original, enmarcado en lo que Bardaro llama sinestetic jazz, en alusión a la sinestesia, la integración de impresiones de sentidos diferentes.

La tarde cayó hacia la noche mientras los técnicos luchaban con el ajuste de sonido para Erick Trufazz, el francés que sin duda era la estrella más sobresaliente de la sesión. El frío comenzó a apretar, las luces ambientaron el escenario. Finalmente la trompeta de Trufazz se hizo oir, expandida, fría, aérea, lenta. Su sonido me pareció muy inspirado en el de Miles Davis en los ochenta y noventa, cuando hacía jazz rock y proyectaba grandes capas de sonido con su instrumento. Repasé los rostros de los jóvenes a mí alrededor y por primera vez los vi a todos cautivos, concentrados.

Trufazz es un músico de alto nivel, que ha sabido recoger elementos sonoros de la corriente electrónica y de otras tendencias recientes. Tiene un sonido muy bien concebido y consolidado. Toca usando recursos como pedales para manipular el sonido de su instrumento y se apoya en otros tres excelentes profesionales. En particular me llamó la atención su pianista, Patrick Muller, creativo, con personalidad e iniciativa propias. La presentación del grupo fue impecable, vibrante, profunda. Fue casi una hora de muy buen jazz.

Para cuando terminaron el frío subía del suelo, caía de la noche, todo era helado, decidí no esperar al último número, del conguero colombiano radicado en Nueva York Samuel Torres, quien le hacía un homenaje a Eddy Martínez, el papá de los pianistas de jazz colombianos. Camino a la salida sentí mucho más metrópolis a Bogotá, capaz de producir un concierto gratuito de jazz con muy buen sonido, buenos invitados extranjeros y nacionales, música diversa y toda, la que yo ví, de calidad. Ese día quise más mi ciudad.