No puedo evitar, cuando oigo a Trane soplar su saxofón, sentir que tras de la lengüeta respira un animal, en el mejor de los sentidos. El sonido de Coltrane es limpio, profundo, vital, directo, el más lírico o el más agresivo. Lo toca, qué digo, lo orada a uno. Lo conecta con lo esencial, con lo mítico, aquello que uno siente está en algún lugar cerca del centro de la tierra.
Desde el mismo día que comenzó en una banda comunitaria de High Point, a los 12 años, Trane no dejó de tocar a diario, con insistencia y con pasión su instrumento, comenzó con el clarinete, pero pronto se cambió al que lo acompañaría toda su vida, el saxofón. Todos los días, como una obsesión, como una religión, ensayó, soñó, tocó, investigó, compuso, hasta llevar el jazz bien lejos de sus fronteras, a dimensiones estelares que solo él comprendía.
Comencé a percibir lo grande que era Trane cuando recibí de regalo el CD de My Favorite Things, (Atlantic, 1960) en el que Trane se estrena con su propio cuarteto y su saxo soprano y produce un disco memorable, con una versión muy personal del tema de la Novicia Rebelde, llevándola de canción almibarada a ser uno de los grandes standards del jazz.
Después encontré el que debe ser su primer disco con Thelonius Monk, grabado en esos seis meses en que colaboraron juntos entre sus dos etapas con Miles, en 1957. Me fascinó la forma en que tocó Ruby, My Dear, su lirismo, su calidez, su profundidad, y empecé a seguirlo. Después fue Kind of Blue lo que cayó en mis manos… Miles fue lo mejor que le pudo pasar a Coltrane y Coltrane lo mejor que le pudo pasar a Miles y al jazz en ese momento. Philly Joe Jones se lo había sugerido a Miles en el 54, lo conocía de Filadelfia y pese a su poca experiencia, Miles no dudó en contratarlo. Habían hecho ya varios discos, tocaron números memorables, pero Kind of Blue fue la gran consagración para ambos. Allí Coltrane mostró toda su intuición, su capacidad para plantear profundas reflexiones sonoras, para hacer poesía, con su propio sonido.
Paralelamente comenzó a grabar sus propios discos: Blue train (1957), Giant steps (1959), el mismo My Favorite Things (1960), primero con Atlantic, Prestige y luego con Impulse, su emblemático sello discográfico. En Impulse hizo un curioso trato con el productor Bob Thiele: grabaría tres discos de un jazz más “comercial” y el sello lo dejaría trabajar libremente en sus proyectos más experimentales. Así nació el siguiente disco que cayo en mis manos, Ballads, que, a riesgo de parecer demasiado cursi, me fascinó y me sigue encantando cuando lo oigo. Su lirismo, su conocimiento de ese subgénero de la balada, su intención de conmover, su ya mencionada profundidad lo hacen un disco invaluable.
Ese tríptico lo completó con el que hizo a duo con Duke Ellington al piano (una joya My Little Old Brown Book) y el que hizo con el cantante Johnny Hartmann, en el que pone en escena los más entrañables standards románticos del jazz. Me fascinan esos tres discos, los considero de lo mejor de Coltrane, y me sorprendí y hasta me turbé cuando supe que los había grabado como una forma de comprar su libertad, que prefería el free; sigo resistiéndome a creer que no los hubiera tocado acudiendo a lo más profundo de sus fibras, siento que los hizo con amor, como todo lo que hacía. Allí puso toda su admiración y conocimiento de Lester Young, a quien calificó como su primera influencia real.
Pero Trane tenía otras perspectivas, otras ambiciones. Tenía una visión profunda de la música y un horizonte mucho más distante del que se pudiera pensar. Coltrane no se acomodaba fácilmente, siempre estaba buscando acordes, expresiones, posibilidades, sin descanso. A finales de 1964 se encerró con sus compañeros de cuarteto (Mc Coy Tiner, Elvin Jones y Jimmy Garrison) en el estudio que el ingeniero Ruddy Van Gelder había construido en su casa. Usando la misma estrategia con la que se grabó Kind of Blue (dos o tres indicaciones a los músicos y casi literalmente “yo comienzo y ustedes me siguen”) Coltrane produjo el que sería el segundo disco más importante de la historia del jazz: A Love Supreme, (Impulse). Lo grabaron en dos días.
Oyéndolo sentí directamente ese impulso animal, básico, desnudo, profundo en la música de Coltrane. A Love Supreme es una oración de agradecimiento (Coltrane era cada vez más místico) y a la vez uno de los primeros mojones de lo que sería su etapa de free jazz. La fanfarria con que comienza me sitúa en la propia África, en un rito religioso, y poco a poco nos lleva en un viaje apasionante, hipnótico, por una sólida y original propuesta musical.
Con ese disco comenzaría el viaje a lo desconocido: Om, Stellar Regions, Sun Ship, Kulu Se Mamá. Coltrane emprendió un viaje en busca de su ser musical, un viaje en el que dejó atrás al propio jazz, a sus músicos, que lo fueron abandonando al no resistir la dureza de su música; solos de 45 minutos de extensos y duros acordes, verdaderas gestas sonoras que también ahuyentaron a sus fieles seguidores.
Y todo sin cumplir los cuarenta años. Cuando los cumplió un cáncer se lo llevó de esta tierra. Pero ya había comulgado con ella, con sus raíces, con lo más profundo de lo humano, con la música, dejándonos una herencia difícilmente superable, su jazz.
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