sábado, 15 de noviembre de 2008

Dos dúos inspiradores: Brubeck-Desmond, Piazzolla-Mulligan


El otro día me entrevistaron para un homenaje radial a un muy conocido host del jazz en la radio colombiana. Entre otras cosas me preguntaron los jóvenes y entusiastas realizadores del programa cuál había sido ese disco o discos que me habían seducido para el jazz. En ese momento sólo atiné a decir que recordaba haber oído casi a diario, en la adolescencia, un disco llamado Un saxofón distinto que uno de ellos acotó como de Fausto Papetti. Tenía una rubia sugestiva sentada en un gran sofá en la carátula y su música era sensual, proyectaba atmósferas mundanas y contemporáneas, era muy diestro el instrumentista aunque seguro ahora lo oiría con cierto recelo.

Ese disco me ayudó a prepararme (aunque no fuera jazz jazz), como de seguro lo hizo también la televisión de los sesentas, muchas de cuyas series en blanco y negro fueron musicalizadas por conocidos jazzmen. También estuvieron los discos de Bossa Nova que había en mi casa paterna.

Pero la pregunta me quedó rondando… Cuáles fueron esos discos que me movieron hacia el jazz. Es muy difícil decirlo, pero encontré dos, casualmente de dúos, que oí en medio del fragor rockero de finales de los setentas, pero que seguramente dejaron una señal que después decidí seguir.

Uno fue el de los Duetos que hicieron Dave Brubeck y Paul Desmond en 1975 y el otro el que grabaron Astor Piazzolla y Gerry Mulligan un año antes en Europa: Summit. Ambos me sorprendieron y me calaron muy hondo.

Para cuando oí el de Desmond-Brubeck, la pareja ya era bastante conocida por su archifamoso Take five (el que, ahora que lo menciono, veo que no deja de ser un antecedente también). Recuerdo que duré mucho tiempo pensando que Desmond era Brubeck; porque se mencionaba a Brubeck como el líder del grupo y bueno, yo veía a ese talentoso saxofonista acompañado por un pianista. Resultó ser al revés, Brubeck era el del piano y Desmond el del saxo, éste de mucho mayor estatura musical, por supuesto.

Y lo demuestra en este disco de Duetos, que el propio Desmond menciona como su favorito entre los que grabó con Brubeck. No se equivocó quien proyectó la tapa del disco: el detalle de una copa de vino tinto. Es un disco de alta calidad, sofisticado, profundo, melódico pero sencillo, amable. Una reflexión fresca en la que Paul Desmond muestra todo su gran talento, su sonido único e inspirado, lírico sin empalagar.



Creo que lo pude oír solo un par de veces por allá en el 78, en la tornamesa Garrard conectada a unos soberbios bafles Tandberg suspendidos en aire de mi tío médico. El disco se lo había prestado a mi primo un amigo músico que lo había traído de Nueva York. No lo volví a oír en muchos años, pero lo recordaba con persistencia. Era uno de esos albums que uno siempre desea tener, la quintaesencia del cool. Solo sabía que era de Desmond y Brubeck y recordaba el vino tinto en primer plano a través del cristal de la copa. Lo busqué por años en una ciudad en la que había con pocas posibilidades para el jazz, hasta que apareció en una edición especial, lo compré y lo oigo a menudo. Sigo sorprendiéndome por su intimismo evocador y sensible, por el gran despliegue de talento de Desmond y por la atinada labor de acompañamiento de Brubeck.


En esos mismos bafles Tandberg suspendidos en aire, magníficos, y por la misma época oí el otro disco: Summit. Creo que fue la primera vez que escuché a Piazzolla, aunque ya sabía quién era él. Ese disco fue todo un descubrimiento. Es un encuentro de dos mundos, dos gigantes que dialogan desde dos orillas culturales diferentes pero con un mismo aliento; la música es un idioma universal y Astor lo sabía. Es un gran disco de jazz, desgarrado, melancólico pero sensual, estremecedor, intenso. Los dos músicos dejan algo de sus individualidades para encontrarse en un espacio denso, agresivo, ondulante, que avanza imponente hacia el climax.



A pesar de su evidente hondura y calidad, es conocido que Astor hizo de su grabación casi un infierno, se peleó con Mulligan todo el tiempo haciendo gala de su conocido mal genio. En cambio el saxofonista, emblemático también del cool, lloró cuando oyó la cinta, le fascinó, como a todos luego. La cosa sin embargo no se quedó así, al poco tiempo ambos músicos se reencontraron y se hicieron grandes amigos, tocando varias veces juntos en Europa.

En fin, el amor por la música se hace de encuentros sorpresivos, de recuerdos cálidos, de deslumbramientos que no cesan. Estos dos fueron de los más importantes para mi iniciación en el jazz.

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