No lo podía creer cuando vi por primera vez el cartel del Festival Internacional de Jazz de 2008 en Bogotá, venía Jacques Loussiere a hacer el concierto de cierre. Desde hace unos tres o cuatro años, cuando lo oí por primera vez tocando sus versiones de la música de Bach me había llamado mucho la atención. Varios músicos de jazz se habían lanzado a desentrañar al alemán para interpretarlo en clave de jazz pero nadie había logrado los resultados de Loussiere.
Mi admiración creció cuando encontré en Amazon un disco suyo con versiones de las gimnopedias de Erick Satie, a quien tanto aprecio. Lo compré y encontré un sonido de gran exquisitez, sofisticación y originalidad, que sin embargo respetaba la obra de su compatriota; una música inspirada, liviana pero profunda, elegante, evocadora; una obra de gran calidad en la que el pianista muestra su profundo conocimiento de la música y su capacidad para entender a los clásicos y proponer sobre su música geniales variaciones jazzísticas.
Lo siguiente que conseguí de él fue su trabajo con las Variaciones Goldberg, esa obra maestra de la música. Ahí comprendí su gran dimensión al proponer todo un tratamiento en el que no perdían su belleza y su carácter pero ganaban mucho de modernidad y de informalidad inspiradora.
Ese profundo y muy personal concepto del jazz de Loussiere lo acabé de evidenciar en su disco de piano solo en el que interpreta, o mejor, deconstruye y reinventa un poco -es lo que hace siempre-, los nocturnos de Chopin. Una maravilla de sofisticación pero a la vez de sencillez y creatividad.
Loussiere demuestra en su obra que no solo conoce profundamente a los clásicos, sino que es un formado y convencido músico de jazz, que conoce ambos idiomas y los habla con inspiración y propiedad, haciéndolo uno de los jazzistas más originales. Si los norteamericanos tomaron su tradición de música popular para hacer con ella jazz, Loussiere optó por el importante legado europeo de la música clásica para hacer sus propias propuestas, en un tour de force que implica muchísima cultura y formación musical.
Y es que Loussiere empezó por el Conservatorio Nacional de Música de Paris,luego de que, a los diez años mostrará su precoz e inmenso talento. Luego viajó por todo el mundo conociendo músicas diversas, curiosamente pasó todo un año en Cuba. En 1958, Decca publica Play Bach y su fama se dispara a todo el mundo, llevándolo a vender seis millones de copias de lo que ya es casi una saga: Play Bach va por su quinta edición. Pero además ha grabado versiones de la música de Debussy, Handel, Vivaldi, Mozart y composiciones propias, así como ha hecho música para el cine y la televisión.
Pues bien, se llegó la hora y ahí estábamos en la sala León de Greiff de la Universidad Nacional, en Bogotá, esperando a que apareciera Jacques Loussiere y nos contara de qué estaba hecho. Sabía que a estas alturas tenía 74 años, pero me sorprendió encontrarlo de mucha más edad de lo que lo había visto en algún concierto en la televisión. Saludó amablemente y se sentó frente al piano, extendió sus manos sobre el teclado y esperó, inmóvil, buscando el momento.
De pronto se hizo la música, rotunda, perfectamente ensamblada, caudalosa. Piano, contrabajo y batería navegaban juntos, briosos, seguros. Era el Preludio No. 1 del Clave Bien Temperado de Bach. Me sorprendió la perfecta sincronía del trío, la seguridad y virtuosismo con que tocaban, el raudal musical que creaban. En la primera parte todo fue Bach, toco el Quinto concierto brandenburgués, en el que el magnífico contrabajista Benoit Dunoyer de Segonzac hizo un extenso y maravilloso solo y en el que el baterista André Arpino mostró ya su inmensa calidad, su vocación de orfebre en los platillos, su exquisita seguridad y por supuesto su trayectoria con el maestro Loussiere. Tocaron también el Aire en la cuerda de sol de manera exquisita.
Definitivamente creo que el trío es la formación perfecta para hacer jazz, porque, cuando los músicos son igualmente buenos, creativos, experimentados, no encuentra uno un solista con dos acompañantes sino tres solistas que dialogan entre sí, que se acompañan y se respaldan pero que cada uno tiene su propia voz y su propia postura ante lo que están tocando. Y ese es el caso del trio de Loussiere; Arpino sobre todo, con quien toca hace años y Segonzac por supuesto, no desmerecieron para nada al lado de Loussiere, ambos siempre seguros, preciosista y recursivo Árpino, sensible y creativo De Segonzac.
Luego de una hora de Bach, el trio se paró para el intermedio y el teatro casi se cae, pues los oyentes creyeron que se acababa el concierto y querían obligarlos con sus aplausos a seguir tocando. Pronto volvieron para la segunda parte en la que tocaron el Verano, de las Cuatro Estaciones de Vivaldi, una de las gimnopedias de Satie, que recuerde, y su versión del Bolero de Ravel. Todos los números anunciados en español por Loussiere, que hizo gala de una cordial simpatía, y que cuando caminaba al lado del piano, enjuto y encorvado, no parecía tener toda la energía que desplegada en el instrumento.
El público, como siempre en Bogotá, estuvo torrencial en sus aplausos, emotivo, se paró a aplaudirlo hasta lograr un bis y dos salidas del maestro. Realmente recibimos mucho más de lo que esperábamos, en el que sin duda ha sido uno de los mejores conciertos de toda la historia del festival de jazz bogotano. Chapeau, maestro.
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