Parecía más bien un concierto de rock. A mi alrededor, sentados o acostados sobre el pasto se veían solo caras jóvenes, sonrientes, despreocupadas, con peinados y fachas estrafalarias, uno que otro papá con su hijo sobre los hombros buscando un claro, una que otra pareja madura de bluyines y camiseta, grupos aquí y allá tomando vino o fumándose un porro en esa explanada visitada también por el sol de domingo bogotano, todos relajados, dejándose llevar del aire frío pero transparente del tranquilo lugar. Pero no era rock, era jazz, la tarde final de Jazz al parque, el pasado domingo 14, como todos los septiembres en Bogotá.
Llegué cuando ya habían pasado un par de grupos, sobre todo me apenó no haber oído a la excelente María Elvira Escandón que hace jazz y boleros. Al momento anunciaron a un ensamble con nombre complicado: Colectivo Zaperoco Magenta; por el programa me enteré que era el resultado de la fusión de dos grupos que, parece, no quisieron abandonar sus nombres individuales, liderada por el ya conocido pianista William Maestre. Hicieron jazz contemporáneo de fusión, bien ensamblado, con sobresalientes intervenciones de César Medina y Juan Benavides en los saxofones y de Edilberto Lievano en el trombón. Maestre bien en el piano pero a veces como falto de fuerza para liderar todo ese sonido. Buena música, pero no propusieron nada que no se hubiera oído ya desde los años ochenta. Yo estaba pendiente de los jóvenes a mi alrededor, no los sedujo, los veía conversando con música de fondo.
Después vino Puerto Candelaria, un grupo que ya tiene tres discos en su haber y una impresionante lista de conciertos y eventos en los que han participado alrededor del mundo. Y eso se les nota en el escenario. Su sonido y su estética son profundamente populares, nacionales, pero no por eso menos innovadores y de vanguardia. Puerto Candelaria seduce a su público, lo divierte, tiene una propuesta escénica, pero además hace una música original, enraizada en las músicas populares colombianas –su bajista y voz principal hablaba de chucu-chucu underground- pero proyectada a una visión contemporánea, que hace presentir cosas de gran nivel en el futuro. Hasta el lenguaje corporal y las expresiones que usan para comunicarse con el público son delirantemente populares. Todo ello hace de la experiencia de verlos y oírlos algo divertido, calido y sorprendente.
El sol de las cinco de la tarde salió definitivamente de detrás de las nubes y la vocación de diversidad de la tarde se selló con la aparición del grupo de Gianni Bardaro, un italiano que se formó musicalmente en Dinamarca. Por eso su quinteto está formado por dos daneses y dos noruegos, él en el saxofón; hicieron un jazz muy europeo, también muy contemporáneo y de muy buen nivel. Bueno Bardaro en el saxofón y muy bueno su pianista, Nichlas Hatholt. Una propuesta muy bien cuajada, madura e innovadora, excepto el primer standard con que se inició su participación todo el material fue original, enmarcado en lo que Bardaro llama sinestetic jazz, en alusión a la sinestesia, la integración de impresiones de sentidos diferentes.
La tarde cayó hacia la noche mientras los técnicos luchaban con el ajuste de sonido para Erick Trufazz, el francés que sin duda era la estrella más sobresaliente de la sesión. El frío comenzó a apretar, las luces ambientaron el escenario. Finalmente la trompeta de Trufazz se hizo oir, expandida, fría, aérea, lenta. Su sonido me pareció muy inspirado en el de Miles Davis en los ochenta y noventa, cuando hacía jazz rock y proyectaba grandes capas de sonido con su instrumento. Repasé los rostros de los jóvenes a mí alrededor y por primera vez los vi a todos cautivos, concentrados.
Trufazz es un músico de alto nivel, que ha sabido recoger elementos sonoros de la corriente electrónica y de otras tendencias recientes. Tiene un sonido muy bien concebido y consolidado. Toca usando recursos como pedales para manipular el sonido de su instrumento y se apoya en otros tres excelentes profesionales. En particular me llamó la atención su pianista, Patrick Muller, creativo, con personalidad e iniciativa propias. La presentación del grupo fue impecable, vibrante, profunda. Fue casi una hora de muy buen jazz.
Para cuando terminaron el frío subía del suelo, caía de la noche, todo era helado, decidí no esperar al último número, del conguero colombiano radicado en Nueva York Samuel Torres, quien le hacía un homenaje a Eddy Martínez, el papá de los pianistas de jazz colombianos. Camino a la salida sentí mucho más metrópolis a Bogotá, capaz de producir un concierto gratuito de jazz con muy buen sonido, buenos invitados extranjeros y nacionales, música diversa y toda, la que yo ví, de calidad. Ese día quise más mi ciudad.
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